Y las flores…
Y las flores…
Ella le había facilitado el trámite porque le pareció lo más justo, solo que no pidió autorización para hacerlo. Ahora estaba ante su jefe y el jefe de su jefe, ambos furiosos y casi tentados a mandarla al Consejo de aquella dependencia.
Lo peor no era el regaño, sino la acusación de aceptar un soborno por haber hecho ese trámite. Y más triste todavía: sí había recibido un regalo, pero ese regalo fue un florero de vidrio usado, un tanto percudido y sin flores.
El problema fue que facilitó el trámite, pero botó en el sistema y alguien más –algún compañero suyo– lo detectó y lo echó para atrás. Entonces, la señora que había sido ayudada fue a reclamar, pero no le reclamó a ella. Fue directo con el jefe del jefe, y le platicó su versión de las cosas. En esa versión, ella había sido ayudada por María a cambio de una módica cantidad de dinero. Que no le pidió directamente, pero sí lo sugirió.
María, sentada frente al jefe, tenía la mirada perdida. Pensaba en todo lo que había ayudado hasta el momento. Todas las horas extra que se quedó a trabajar sin ningún pago extra y por puro gusto. Pensó en las veces que le llevó el café a él y a su jefe directo, o cuando les cocinaba y compartía su comida con ellos.
Su jefe directo no hallaba si interceder por ella o no. Si bien le dio consejos antes de entrar no intercedió cuando las acusaciones subieron de tono.
María es una empleada servicial. Siempre es atenta con todos y siempre está dispuesta a ayudar: desde orientar a las personas para simplificar los trámites, hasta ayudarles a sus compañeros en lo que pueda, y explicarles cosas del sistema. Lo mismo con sus superiores. Además, no tiene complejos en tomar una escoba, un trapeador o un trapo para ponerse a limpiar, aún si eso no está en la “descripción del puesto”.
Y según cuenta ella, jamás estuvo en esa posición. Solo quiso ayudar a la señora porque le pareció lo correcto. Porque María es una perseguidora de la justicia. Y no tiene empacho en hablar lo que quiere expresar, así se enfrente con sus jefes directos. Si ella siente que algo es incorrecto, lo dirá y peleará por ello.
También cabe mencionar que es muy agradecida con sus jefes. Por eso le daba tanta vergüenza haberse puesto en esa posición. Es madre soltera, tiene a su niña a unas cuadras del lugar de trabajo y cuando sale, puede ir por ella y llevársela a la oficina. Siempre tuvo los permisos solicitados por algún evento escolar de su hija o una enfermedad. Incluso, le prestaron dinero cuando se requirió por alguna emergencia.
Incluso, le permitieron vender dulces y pays dentro de la oficina a sus compañeros para que se ayudara; ellos le pagaban en el momento o le pedían fiado y ella los anotaba. Hasta organizaba rifas –de esas rifas que se hacen para ahorrar dinero. Ya solo le faltaba vender Avon.
Su hija era parte del ecosistema de la oficina: conocía a todos, algunos compañeros se daban el tiempo para jugar con ella, y uno que otro le daba alguna moneda; ella estaba muy acostumbrada al clima del lugar. Podía ir y venir, y su mamá sabía que no debía tener ningún pendiente, pues estaría segura y cuidada por el resto de burócratas del lugar.
Su ventaja fue que tuvo un testigo de cómo llegó a sus manos el florero usado. Otra compañera estaba comiendo ahí, fue en su hora de descanso a echar chisme y en lugar de ir a la cocineta se fue a acompañarla un rato. Ella vio cómo se desenvolvieron las cosas, que María no aceptó un regalo ni dinero. Que la señora iba agradecida y quería darle algo, y ese algo, iba envuelto, y entonces lo dejó en el piso y se marchó. Ya cuando abrieron la bolsa vieron de lo que se trataba.
El jefe de su jefe le dijo: “me queda claro que tú no aceptaste ningún soborno, te conozco y sé que no eres capaz. El problema es que no nos avisaste lo que ibas a hacer”.
María estuvo en vigilancia y castigo durante algunas semanas. Hasta que todo el asunto se olvidó.