Por qué escribo

Por qué escribo

Soy torpe para las cosas de la electricidad. Me dan miedo los cables y sus toques no sé inaugurar lámparas
y acaso con trabajos puedo cambiar un foco
y conectar un enchufe a la pared.

Escribo porque no hallo otra manera de encender la luz
la mía mínima
esa de luciérnaga desubicada
de planeta, de patria, de lengua. Pero no de quereres.
Ahí bien sé en dónde estoy sembrada. En lo del corazón entiendo de laberintos huertos, hondonadas y planicies
playas y lechos de río.

Escribo por el misterio del rosal francés
que da flor en la rama trasplantada
hace unos días
sin más raíz que mi empeño
por darle cobijo más amplio

por la visita de los colibríes a las bugambilias
cada mañana, afuera de la cocina

y por ese pájaro amarillo, de pico blanco y negro
delineado como el mejor maquillaje
que viene a robarle alimento a nuestra lora
y previamente canta
como pidiendo piedad.

Escribo porque no sé ir a la guerra
ni decidir a cuál empleado habría que sacrificar
si yo fuera jefa de una industria
o directora de un diario.
Cierto, he comandado ejércitos
he firmado sentencias
y separado el trigo de la cizaña cuando fue necesario.

Esos han sido mis otros oficios;
con ellos tal vez alivié
más de algún duelo
y me fueron regaladas muchas cosas:
cartas de gratitud, rebozos, flores, fotos y notas de periódico.

Ahora, en este otro mi quehacer más íntimo
después de Acteal y Ayotzinapa
de Allende y La Barca
Ciudad Juárez y Reynosa
Veracruz y San Fernando
Tlatlaya y Tanhuato,
después de tantas fosas tantos muertos
tantas familias fragmentadas
tanto vivir con miedo

de Chenalhó a Tarahumara o la Sierra Wixárika
después de tanto seguir preguntándonos
por dónde desanudar tanta crueldad
y comenzar a anudar los ovillos de la paz
ahora
después de todo
como no sé poner una bombilla
y apenas sí colocar en la ranura la conexión correcta
y como no sé hacer guerras
aunque sí he hecho mías ciertas banderas
para que los manteles alcancen para todos
ahora
después de pasear al perro, de barrer el patio y de poner la mesa,

escribo asombrada
por el día que amanece
la tarde que declina
los colores de la luz
la misma luz
que se deja escribir y va nombrando
eso que nos une y nos hermana
palabras sencillas mas no simples
una manera distinta de hablar con los míos
decirles no me he ido
mantengo la ventana, todavía,
encendida
y sigo buscando en diccionarios idos
las vetas de luz del consuelo y del perdón.