No somos muchas, somos decisivas: las mujeres en la ingeniería civil

No somos muchas, somos decisivas: las mujeres en la ingeniería civil

En ingeniería civil sabemos que toda estructura surge de un análisis fundamental sobre el tipo de suelo sobre el que se va a cimentar. No basta el cálculo perfecto si la base es débil. Esa enseñanza, que es técnica, también es ética y humana; ha acompañado mi trayectoria y la de muchas colegas que compartimos una convicción: construir en terreno firme no sólo es una exigencia estructural, es una forma de estar en el mundo, de ejercer el liderazgo y de servir a la comunidad. Como ingeniera, he visto cómo la base colegiada, esa que une a profesionistas de distintas generaciones, especialidades y ámbitos, da sentido a nuestra identidad y eleva nuestro horizonte de servicio a la sociedad. 

En esa base cabemos todas las trayectorias. La ingeniería civil jalisciense se forjó con generaciones de profesionales que creyeron en el valor del rigor, el trabajo bien hecho y el compromiso con la ciudad. Hoy, las mujeres representamos apenas 7.8% del padrón actual del Colegio de Ingenieros Civiles del Estado de Jalisco (CICEJ). El porcentaje es pequeño y podría parecer una anécdota estadística, pero sería un error leerlo así. Este dato convive con otro que habla de una transformación real: la mayoría de los espacios de trabajo del Colegio están hoy liderados por mujeres –Presidencia, Vicepresidencia, la coordinación del Consejo Técnico, del Consejo Académico, del Enlace Universitario y más de 40% de las secciones técnicas–. No somos muchas, pero somos decisivas. No somos mayoría, pero sostenemos responsabilidades estratégicas con resultados verificables.

Ser mujer en la ingeniería civil implica construir sobre terreno desigual. En muchos sentidos, el campo de obra fue dibujado sin nosotras: cascos demasiado grandes, botas que no se fabricaban en nuestra talla, planos que llegaban a la mesa, pero no a nuestras manos… El gremio de la ingeniería civil es complejo y, hay que decirlo sin rodeos, profundamente machista en sus inercias.

Aún así, elegimos estar aquí 

No porque sea fácil, sino porque sabemos que nuestra presencia mejora los proyectos: introduce nuevas preguntas, agrega criterios de evaluación social y ambiental, y sostiene la integridad como eje. Cada paso que damos es firme y contundente; cada logro, fruto de la preparación, del trabajo en equipo y de una ética que no negocia con atajos.

Planear un proyecto es el primer acto de responsabilidad con la sociedad. Antes de colocar la primera varilla, debemos ser capaces de responder por qué esa obra, en ese lugar, con ese presupuesto y en ese tiempo. Las mujeres que participamos en la planeación, integramos desde el origen variables sociales y ambientales; exigimos estudios de impacto que miren más allá del expediente, preguntamos por los riesgos climáticos, por la movilidad que se detona, por el mantenimiento que vendrá después. La planeación con enfoque humano y territorial no resta eficiencia, sino que la vuelve sostenible. La experiencia nos ha mostrado que anticipar, escuchar y justificar ahorra recursos, previene conflictos y eleva la confianza pública.

La planeación con perspectiva de bien público nos enseña a decir “todavía no” cuando el proyecto no está listo y “no” cuando, por más deseable que parezca, no cumple requisitos fundamentales. En un entorno donde la presión por inaugurar puede sesgar decisiones, incorporar la prudencia técnica es un acto de integridad. Quien ha estado al frente de un proyecto sabe que la tentación de acelerar procesos siempre está ahí; la verdadera fortaleza consiste en sostener el calendario que asegura la seguridad estructural, la calidad de los materiales y la legalidad de los procedimientos. Cuando se ejecuta adecuadamente, la planeación protege a las personas y dignifica el gasto público.

Supervisar es cuidar, es el acero invisible de cada obra que no siempre se ve, pero garantiza el desempeño. La supervisión con integridad revisa la compatibilidad del proyecto ejecutivo, la congruencia del catálogo de conceptos, la coherencia del programa de obra, la bitácora diaria; verifica pruebas de laboratorio, especificaciones y narra el proceso constructivo; contrasta estimaciones, programa avances medibles, documenta inconformidades y corrige a tiempo. En la práctica, esa integridad se traduce en listas de verificación rigurosas, criterios claros para aprobar o rechazar entregables y una cultura de datos que hace trazable cada decisión. Supervisar no es desconfiar, es garantizar que el recurso económico se convierta en infraestructura segura, útil y duradera.

La supervisión con enfoque humano no es indulgente, es exacta. Exige el cumplimiento de la norma, la trazabilidad de cada decisión y la documentación exhaustiva de lo que sucede en campo. Pero además entiende que una obra convive con barrios, comercios, escuelas y ecosistemas. Por eso coordina con mayor fineza desvíos temporales, medidas de mitigación, comunicación con vecinos y atención oportuna a afectaciones. A la postre, esta forma de supervisar crea confianza, porque la ciudadanía no sólo ve avances, entiende el porqué de cada decisión, y percibe que la obra la considera y la respeta.

Dirigir proyectos es sostener el equilibrio entre tres dimensiones: la técnica, la ética y la humana. La técnica asegura que el diseño, la ingeniería de valor y los procesos constructivos cumplan estándares. La ética hace que cada decisión sea defendible ante la ley, la auditoría y la conciencia. La humana recuerda que detrás de cada trazo hay personas que merecen obras seguras, útiles y bellas. La dirección femenina ha mostrado que estas dimensiones no se contraponen, sino que se potencian. Liderar no es imponer, es inspirar; no es gritar más fuerte, es escuchar mejor; no es improvisar, es preparar.

He sido testigo de cómo equipos liderados por mujeres ganan claridad en la comunicación, disciplina en la gestión de riesgos y precisión en el cumplimiento de metas. No por una cualidad innata ligada al género, sino por una cultura de trabajo aprendida en el camino: la de escuchar, preguntar, documentar y decidir con datos. Este estilo enriquece a todo el gremio, hombres y mujeres, en consecuencia, mejora el desempeño institucional. Es una lección simple, pero poderosa: cuando la técnica se alinea con la ética y la empatía, el resultado es una obra mejor.

En los años recientes, la presencia de mujeres en espacios estratégicos ha generado nuevas prioridades: fortalecer la certificación de competencias, modernizar estándares de supervisión, promover criterios comunes y difundir buenas prácticas que eleven el piso profesional del gremio.

Es importante subrayar que no nos limitamos a ocupar cargos. Nuestra incidencia real se mide en los resultados, en el cambio de prácticas, en la consistencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Por eso cuidamos el diseño de los cursos, la pertinencia de los temas, el seguimiento a egresados y la capacitación en campo. La ingeniería civil es una de las profesiones más auditables por su impacto público; esa cualidad no nos intimida, nos orienta. Cada vez que un procedimiento mejora, cada vez que una obra se termina con documentación ordenada y pruebas verificables, ganamos todos: las instituciones, los contratistas y la ciudadanía.

No puedo hablar de nuestro presente sin señalar las resistencias persistentes. Todavía hoy, hay proyectos donde se nos supone asistentes antes que directoras; reuniones donde nuestra voz se escucha sólo al final; evaluaciones donde se nos exige probar lo básico una y otra vez. Si algo define a las ingenieras, es que no nos detenemos ante la inercia, la contrarrestamos con preparación, resultados y una ética inquebrantable.

A las jóvenes que hoy estudian ingeniería civil les digo algo que yo misma he repetido en mi camino: nadie les concede pertenecer a este gremio. Su lugar se conquista con preparación, ética y resultados. Esto no implica renunciar a lo que son, sino ponerlo al servicio de un oficio que ama la precisión y respeta la vida. La ingeniería civil requiere carácter, pero también humildad para aceptar que una estructura bien calculada sigue siendo perfectible, que un proyecto es tanto el plano como el territorio, y que la mejor decisión es la que beneficia a la comunidad.

El impacto de las mujeres en la planeación, la supervisión y la dirección de proyectos de obra pública se vuelve más visible cuando pensamos la ciudad como un organismo vivo. Planear con enfoque humano es pensar en rutas seguras para niñas y niños, en banquetas accesibles, en arbolado urbano que reduzca la isla de calor, en drenajes pluviales que respeten los cauces y prevengan inundaciones. Supervisar con integridad es impedir que el presupuesto se diluya, que las especificaciones se relajen o que el calendario se improvise. Dirigir con visión es encadenar decisiones coherentes que dejan capacidad instalada y prestigio institucional.

Muchas veces me han preguntado si nuestro gremio puede ser un territorio amable. Respondo que puede y debe serlo, pero que eso no ocurrirá por inercia. Hay que construirlo y defender los avances. Cuando las mujeres accedemos a más responsabilidades, no se trata de desplazar a nadie, sino de compartir la tarea de darle a Jalisco una infraestructura que esté a la altura de su gente.

También he aprendido que la excelencia técnica florece en ambientes donde hay reglas claras. Por eso insistimos en elaborar y actualizar criterios comunes, guías de supervisión, matrices de control, catálogos de conceptos transparentes y protocolos de integridad que acompañen cada etapa del ciclo de proyecto. Esta infraestructura institucional, si se me permite el término, hace posible que los equipos funcionen más allá de personas específicas. Las buenas prácticas trascienden nombres. La ciudadanía merece procesos que no dependan del humor de nadie, sino de estándares compartidos.

Hay una dimensión de la ingeniería civil que a veces olvidamos: la belleza. No hablo de adornos, sino de la armonía entre función y forma, entre técnica y paisaje. Una ciudad que cuida su infraestructura como cuida sus parques y su patrimonio, es una ciudad que se trata con dignidad. Las mujeres solemos recordar esa dimensión porque, cuando observamos una obra, observamos también a quienes la habitan. Tal vez por eso nuestros proyectos dialogan de otra manera con el entorno y con la vida cotidiana.

No puedo dejar de mencionar el papel de la academia. El diálogo permanente con universidades nos ha permitido actualizar programas, impulsar investigación aplicada y acercar a los estudiantes a problemas reales con los que después se encontrarán en campo. Invito a las y los jóvenes a aprovechar esa cercanía, pues la ingeniería civil es una aventura tanto intelectual como práctica.

He visto con emoción cómo en el CICEJ las secciones técnicas coordinadas por mujeres se convierten en semilleros de talento. En ellos se comparte metodología, se contrastan casos, se aprende de errores y se construye lenguaje común. Ese trabajo de hormiga no siempre se nota desde fuera, pero es el que transforma la cultura profesional. Cuando un comité técnico funciona bien, desactiva arbitrariedades, ordena procesos, eleva la calidad y abre oportunidades a quienes se preparan. Con esa lógica hemos promovido estándares que hoy forman parte del sentido común del gremio.

Reconozco que a veces la ciudadanía ve a la obra pública con desconfianza. Ha habido obras que no han estado a la altura de las expectativas, licitaciones mal conducidas, proyectos que no escucharon la voz de la comunidad o que no cumplieron lo prometido. Comprendo esa desconfianza y por eso es necesario insistir en la integridad como el eje de nuestra práctica. La transparencia no es un eslogan, es un método que implica publicar criterios, justificar decisiones, rendir cuentas, abrir datos, aceptar auditorías. Cuando lo hacemos correctamente, la confianza vuelve y el prestigio institucional se multiplica.

En lo personal, me emociona ver cómo el liderazgo femenino ha crecido poco a poco. Con el paso del tiempo, cada vez son más mujeres las que se suman a la travesía de ser ingenieras. El 29 de septiembre de 1925 se creó la carrera de Ingeniería Civil de la Universidad de Guadalajara; sin embargo, fue hasta junio de 1962 que se tituló la primera mujer, casi cuarenta años después. A partir de ese momento, la participación de las mujeres ha sido lenta pero constante, y se ha vuelto referente en el propio CICEJ. Esta realidad no es casualidad: es la consecuencia de años de trabajo y preparación, y de la obstinación de muchas ingenieras que, antes que nosotras, empujaron puertas para que hoy podamos llamar a esos espacios por su verdadero nombre: oportunidades.

Repito con orgullo: aunque las mujeres representamos 7.8% del padrón, nuestra participación tiene un impacto que excede a la estadística. No somos mayoría, pero sí somos parte de la mayoría en los espacios donde se decide. Esa paradoja nos obliga a la humildad y al compromiso: no podemos darnos el lujo de fallar, porque cada acierto cuenta para quienes vendrán. A las niñas que sueñan con construir puentes y presas, con diseñar drenajes pluviales o con dirigir equipos de obra, les decimos: aquí hay un lugar para ustedes, y no necesitan pedir permiso para ocuparlo.

Al pensar en el futuro de la infraestructura de Jalisco, veo el contexto más amplio: crisis climática, presión urbana, desigualdad territorial, necesidad de servicios básicos confiables. Frente a este panorama, la ingeniería civil debe responder con tres cualidades: resiliencia, sostenibilidad e integridad. La resiliencia prepara a nuestros sistemas para eventos extremos; la sostenibilidad alinea proyectos con ciclos de vida completos y con el cuidado de ecosistemas; la integridad asegura que cada peso público se convierta, sin atajos, en bienestar tangible.

El CICEJ, como casa común del gremio, está llamado a seguir siendo un faro de criterios técnicos, un espacio de diálogo honesto y una institución confiable ante la sociedad. A las autoridades les decimos: cuenten con nosotras para mejorar la calidad de los proyectos, revisar normas, acompañar procesos y detectar áreas de oportunidad. A los contratistas, les tendemos la mano para construir relaciones de profesionalismo y respeto. A la ciudadanía, le ofrecemos nuestra vocación de servicio y la promesa de que cada obra que respaldemos habrá sido evaluada con rigor.

La ingeniería civil, cuando es bien ejercida, es una forma de amor por la ciudad. Quien diseña un colector pluvial que evitará inundaciones por décadas, ama la vida tanto como quien levanta un puente que acorta distancias y reencuentra barrios. Las mujeres hemos traído a este oficio una ética del cuidado que no reemplaza la precisión, la intensifica. Miramos con ojo clínico, pero también con corazón ciudadano. Aspiramos a que cada obra sea útil, segura, transparente y, cuando se pueda, bella. Ese ideal guía mis decisiones y las de tantas ingenieras que hoy comparten liderazgo en el Colegio. 

Quiero cerrar con un reconocimiento a todas las mujeres que abrieron camino en la ingeniería civil, a las que fueron ignoradas, a las que tuvieron que demostrar el doble, a las que sostuvieron estructuras y equipos sin reconocimiento, gracias. Caminamos sobre los cimientos que ustedes colocaron, y nuestra responsabilidad es ampliar esa base para que otras lleguen más lejos. Aunque el gremio sea complejo, cada paso que damos es firme. Aquí estamos, levantando obras que mejoran la vida de las personas y dejando claro que la excelencia y la capacidad no tienen género.