Sin existencias

Sin existencias

Ester estaba acostumbrada a evadir al tumulto de gente formada dentro del hospital. Había una fila para anotarse en la lista, otra para que los atendieran los pocos doctores en turno y otra más para la entrega de medicamentos. Sentados en sillas o en el piso, parados, en cuclillas, así se veía a quienes venían desde el otro lado del estado desde el día anterior, confundidos entre los que acuden desde esta misma ciudad pero no por eso con menos horas sobre el piso brilloso de los pasillos. Los zapatos blancos de Ester no podían evitar pasar por encima de algunas cobijas o chamarras de la gente, mientras se encaminaba a su puesto.

Los anaqueles llenos de cajas de medicina genérica eran las paredes de su cubículo y el cristal que la separaba de los pacientes estaba rayado por el tiempo, con unos papeles a medio encintar: colgando, tristes y sin chiste. Ester se sentó en su silla, encendió la lenta computadora en su escritorio y se puso sus anteojos.

—Adelante.

El primer paciente del día, un anciano con un sombrero ranchero, sin dos dientes. Le entregó un papel doblado, la receta proveniente de oncología. Ester ya sabía la respuesta, pero aun así escribió los nombres de los medicamentos en el sistema. Abiraterona, tabletas, sin existencias. Prednisona, cinco miligramos al día, con existencias, pero no encontró ni una caja en los anaqueles. Se masajeó la frente.

—No tenemos los medicamentos que necesita aquí, si tiene la posibilidad de comprarlo usted mismo, consígalo, si no, pase a un Módulo de Atención para que lo apoyen en hacer un vale con su receta y le digan dónde sí hay —dijo Ester regresandole el papel por debajo del cristal. El señor frunció el ceño.

—Pero necesito ese medicamento, ¡ustedes me lo recetaron!

—No puedo hacer más por usted, señor, lo siento, ¡siguiente!

Ester ya sabía lo complicado de la situación para muchos pacientes. El cansancio de llegar al hospital, de esperar horas y horas en las filas, de las infecciones, de las enfermedades terminales; a veces, por suerte, tenían todos los medicamentos de una receta, otras, uno o dos, y, en las últimas, el medicamento solo había llegado a otro hospital o simplemente no había llegado nunca a ningún lado. Las personas se enojaban, lloraban o soltaban un suspiro de alivio. De vez en cuando aventaban la receta al cristal y salían del hospital refunfuñando.

Lo único que podía hacer Ester para aligerar esas situaciones era pasar rápido a los pacientes y atender a los más que pudiera en un día. Rezar que las enfermeras nuevas no se robaran los pocos insumos y medicamentos que recibían para venderlos y evitar poner ese peso extra en las carteras de gente que necesitaba todo el dinero que pudieran conseguir para mejorarse. Hasta le daba vergüenza tener que decir: “fíjese que no tenemos ni vendas, ni jeringas, ni alcohol etílico, ni medicamentos, va a tener que comprarlo todo usted”.

Ella siguió atendiendo a los pacientes. Niñas, jóvenes, universitarios, mamás, abuelos, profesionales. Unos con diabetes, otros con dengue, algunos con cáncer y los demás con hipertensión. Las cajas de medicina pasaban de los anaqueles al otro lado del cristal, la sala de espera se desahogaba poco a poco. La puerta detrás de los anaqueles se abrió y Ester escuchó las ruedas de un carrito sobre el azulejo, al voltearse vio a Pedro, un enfermero, sonriéndole bajo las luces artificiales del hospital.

—Adivina qué…—le dijo cuando se acercó con el carrito— ¡Nos acaba de llegar un camión lleno de medicamentos e insumos!

—¿En serio? —Ester se levantó de su silla y revisó las cajas. Habían mandado de todo, desde algodón hasta metformina. Suspiró de alivio, al menos tendrían cubiertas casi todas las recetas las próximas semanas.

—¡Sí! Ahorita suben el resto que falta, yo vine para llevarme unas jeringas que las necesitamos en Urgencias. ¡Ahí me anotas cuando puedas!

Sentada de nuevo en su escritorio, Ester volvió a abrir el programa del inventario, filtró las palabras sin existencias y leyendo los nombres en las cajas blancas de cartón comenzó a reescribir poco a poco no solo la disponibilidad de los fármacos, sino la tranquilidad de los pacientes, al menos por unas semanas más.