A oscuras
A oscuras
Abres los ojos y la oscuridad y el cansancio te reciben como cada mañana. El viejo radio despertador se enciende con su música destartalada. Los números se iluminan en rojo junto a tu rostro, no necesitas verlos, sabes que son las 4:30 a.m. Todo empieza siempre a la misma hora. Como cada mañana, te levantas por pura inercia y arrastras los pies hasta el baño. La música del radio suena bajita, así Martín ya sabe que tiene que desamodorrarse para también irse a trabajar. Empieza a correr el tiempo. Te metes a bañar y te haces un chongo con el pelo todavía mojado. Sales y te vistes para hacer el desayuno. Martín ya se sentó en la cama, pero está más dormido que despierto. El tiempo se va rápido. Levantas a los niños y los pones a comer huevos revueltos. Reniegan, siempre reniegan, pero no hay de otra. Sea como sea, ellos sí van a acabar la secundaria. Tal vez así les vaya mejor.
Salen de la casa todavía con la oscuridad de la madrugada sobre ustedes. En el barrio, la luz no existe hasta que no sale el sol. Llovió anoche, y sin luz es casi imposible evitar pisar el lodo que se hace en el empedrado. El primer tramo se hace caminando, por la colonia no hay ruta que pase. Para cuando llegan a la escuela ya terminó de amanecer. Les das la bendición a los niños y sales a las prisas camino a la avenida para tomar el primer camión. Va atascado, como todos los días. Te preparas para los siguientes 40 minutos y te pones los audífonos para escuchar la radio local en el celular. La música te empieza arrullar y estás por quedarte dormida, cuando de repente la canción termina y la voz del locutor interrumpe. El mensaje no capta tu atención hasta que escuchas que menciona tu colonia. Dice algo de “Asamblea popular” y te deja de importar. Para ti eso es pura tontería. Cambias la estación y vuelves a arrullarte mientras apoyas tu peso en el gentío del camión.
Para cuando te bajas del segundo camión son casi las nueve, el sueño te vence y el día apenas está por “empezar.” Las horas en el trabajo se te pasan lentas. Mientras le dabas la última trapeada al piso y esperabas a que el caldo terminara de hervir, volviste a escuchar en la radio la invitación a la asamblea. Tal vez fue por la fatiga, pero para ese punto del día, hasta te dio coraje oír esas payasadas. Al contrario de cuando ibas en el camión, ahora sí te diste chance de escuchar qué tanto decían de eso. Esta vez una locutora mencionaba que este tipo de cosas eran importantes, porque así se podía hablar sobre los temas de interés de la ciudadanía, servía para organizarse y para mejorar las condiciones de las calles y la seguridad. Sientes un piquete en el estómago al oír lo último.
Dejas el trapeador y el ruido del radio se pierde. Te empiezas a acordar de la vez que asaltaron a los niños por andar en la unidad jugando fútbol. Apenas había oscurecido cuando pasó. Ese día tú volviste más tarde a la casa por haber ido a comprar cosas para la comida. Cuando llegaste, Martín estaba viendo el partido y tomándose una cerveza. Te dijo que los niños habían ido a las canchas. Te pusiste a hacer de comer para el día siguiente y se te fue la onda. Fue hasta que oíste los toquidos desesperados que te diste cuenta de que ya había oscurecido. Abriste la puerta y los niños entraron llorando. Ya venían de regreso cuando en la esquina dos sombras se les atravesaron. Como no tenían nada para darles, nomás les pegaron el susto de sus vidas enseñándoles la navaja. Ambos tuvieron pesadillas durante mucho tiempo hasta que se les pasó.
Al regresar a la casa no podías dejar de pensar en la mentada asamblea. ¿Y qué si ahora sí ibas? Nunca ibas cuando se trataba de esas cosas. Y es que, ¿qué tan difícil es hacer las cosas bien? Si en otros lados, como en la casa de la patrona, si tienen sus calles bonitas. Los parques de ellos si tienen luz y a la gente no la asaltan a cada rato. Ya estabas por llegar a casa cuando doña Salma te alcanzó al salir de la tiendita. Te saludó, y al ver que no dejaste de caminar, empezó a seguirte el paso mientras te hablaba. Te dijo que ella y otros vecinos irían a la asamblea. Fue hasta que mencionó eso que te detuviste. Te contó que ya estaban hartos de cómo estaban viviendo y que ya era momento de empezar a exigir a las autoridades, que entre más fueran los interesados, mejor. También te dijo que la asamblea sería el lunes, y al oír eso, los ánimos se te acabaron. Los lunes siempre había mucho que hacer. Ya estando frente a la puerta de la casa le dijiste a doña Salma que lo pensarías, que estabas muy cansada y que tenías que preparar la cena.
De todos los días de la semana, tenían que escoger el lunes, pensaste. Pero igual podrías pedirle chance de llegar más tarde a la señora y así no faltar al trabajo. A lo mejor, si te organizabas bien, alcanzabas a ir, aunque sea un ratito. La idea ya te iba convenciendo. Por un momento imaginaste los cambios ya hechos y los creíste posibles. Volteaste a ver a Martín, que veía la tele y tenía ya cuatro latas vacías a un lado. Le empezaste a contar sobre la asamblea y lo que Salma te había dicho. Sin dejar de ver la tele, en cuanto te escuchó hablar de todo lo que ibas a hacer, te paró en seco y te dijo que no. Tú le alegaste que era importante, que a lo mejor ahora sí ponían luz y arreglaban las calles. Él nomás se volteó, y riéndose, te dijo: “No manches vieja”, como si tú fueras a hacer la diferencia. Además, no te quiero ver con esas rucas mitoteras de la cuadra”. Te paraste y no dijiste nada más porque en el fondo sentiste que tenía razón. Igual, para qué tomarse la molestia, si las cosas nunca cambian.